Mabel, que estaba sumergida en sus pensamientos recostada a medias sobre la cama, se levantó de un salto y se acercó a él.
—¡Arthur! ¿Estás bien?
—…Llama a… mis padres.
Él logró soltar esas palabras con una voz ronca y forzada. Mabel salió corriendo a toda prisa y llamó a la puerta del dormitorio principal.
Mildred apareció con el rostro pálido, abriendo la puerta de par en par. Estaba descalza, sin siquiera ponerse las zapatillas. Tras ella, apareció Walter con los ojos inyectados en sangre por el cansancio. Ambos parecían presagiar que la peor situación había llegado.
—¡Arthur ha despertado!
Ante esas palabras, los dos la dejaron atrás y corrieron directo a la habitación de Arthur. Mabel los siguió de cerca.
Cuando los tres entraron atropelladamente, Arthur los miró con ojos febriles. Sus labios temblaron, intentando esbozar una sonrisa. Su mirada se fijó en Mabel.
—…Mabel, mi dulce y pequeña hermana. Por favor, ve a la universidad y encuentra la forma de curar mi enfermedad. Te lo ruego.
Soltaba cada palabra lentamente, y con cada una, se oía el sonido del aire escapando de sus pulmones. Mabel asintió, rompiendo en llanto.
—Sí, hermano. Te lo prometo. Así que, por favor, mejora pronto.
—Madre, padre…
Los ojos de Arthur, resecos y enrojecidos, se humedecieron. Walter permanecía de pie con una expresión sombría, mientras Mildred tomaba la mano de su hijo con el rostro de alguien que parece estar a punto de desmayarse.
—…Lamento mucho… haberlos decepcionado.
Tras decir aquello, sus párpados se cerraron de nuevo. Arthur Frederick Darlington no pasó del mediodía de aquel día. Tenía apenas diecinueve años.
Invierno de 1922.
Se decidió el “Coming-Out” (debut en sociedad) de Mabel.
—En mayo del próximo año, participarás en la Corte de Debutantes organizada por la Familia Real Británica. Tenlo por seguro —le comunicó Walter en su estudio, como si fuera una orden.
—El periodo de luto de Arthur ya casi cumple dos años, así que no podemos posponerlo más. El próximo año cumplirás veinte; si no debutas para entonces, los chismosos empezarán a hablar —añadió Mildred a su lado.
Mabel agachó la cabeza y se mordió el labio. El debut significaba su entrada oficial en la alta sociedad. Pero, por encima de todo, era el estandarte que anunciaba su participación oficial en el “mercado matrimonial”.
“Pero, ¿una Corte de Debutantes organizada por la realeza?”
¿Tenían los medios para costear algo así? ¿Por qué tanta prisa de repente? Los asuntos financieros de la familia Darlington se habían deteriorado drásticamente tras la muerte de Arthur.
Aunque los Darlington intentaban no aparentar pobreza, el servicio se había reducido a la mitad. Los criados murmuraban que Walter gastaba la fortuna familiar en alcohol, apuestas y malas inversiones en la bolsa. Mildred, usando el luto como excusa, había dejado de participar en actividades sociales.
Participar en la Corte de Debutantes requería una suma astronómica de dinero: varios vestidos, gastos de viaje y mucho más.
Mabel aún no tenía intención de casarse. Para ella, lo primero era cumplir la última voluntad de Arthur. Tenía un plan concreto: terminar los dos años y medio que le quedaban de carrera y entrar a la escuela de posgrado para investigar su hipótesis sobre el Shell Shock.
—Tío, la verdad es que, más que debutar, me gustaría seguir mis estudios en el posgrado. Por eso… ¿podría saber a cuánto asciende la herencia que me dejaron mis padres?
Walter, con el rostro enrojecido, estalló en furia.
—¡¿Crees que he cuidado de ti para esto?! ¡Te estoy preparando para un debut real y buscando al mejor marido, y tú me sales con esto! ¡¿Qué clase de pregunta es esa?! ¡Malagradecida!
Mabel se disculpó de inmediato, abrumada. Para ella, Walter era más un padre que su propio progenitor, a quien apenas recordaba. Nunca había dudado de él. Hasta ahora.
—Tus padres habrían querido que su herencia se usara para algo útil —añadió Walter con voz más calmada—. Todo esto es por tu futuro. Olvida esas tonterías de los estudios.
Mabel se dio cuenta de que su herencia se usaría para costear un debut que ella no deseaba. No pudo decir que no. La única opción para escapar de los Darlington era el matrimonio, pero eso significaba simplemente cambiar de dueño.
—Estarás ocupada con los preparativos, así que deja la universidad por ahora. Tómate un descanso —ordenó Walter.
Mabel recibió la orden como un rayo en cielo despejado. Debía aprender francés, etiqueta y la reverencia formal (Full Court Curtsey).
2 de marzo de 1923, viernes.
Llegó una carta con el sello real a la residencia Darlington.
The Lord Chamberlain is commanded by Their Majesties to summon Miss Cornelia Mabel Darlington to a Court to be held at Buckingham Palace on Thursday the 31st May, 1923…
Walter y Mildred celebraron como si hubieran recibido un salvavidas en un barco que se hundía. Mabel, por el contrario, cerró los ojos con desesperación, sintiéndose como alguien que salta desnuda a un mar en plena tormenta.
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